El invierno de 2010 en Estados Unidos me dejó con una sensación gélida. Además del intenso frío, del viento y la nieve, lo peor era que mi corazón parecía haber sido invadido por una especie de “ola de frío”. Para los que trabajamos en el negocio de decoración de interiores, el invierno es la época más difícil del año, pues desde que empieza hay muy poco trabajo. Incluso corremos el riesgo de perder nuestros empleos. Aquel fue mi primer año en los Estados Unidos, era un recién llegado y todo me resultaba desconocido. No era fácil alquilar un apartamento ni encontrar trabajo, y mis días estaban llenos de dificultades. La situación se puso tan mal que tuve que pedir dinero prestado para pagar el alquiler de mi apartamento. Ante aquello, me puse melancólico y sentí que mi vida era realmente difícil de soportar. Por la noche me enfrentaba a la frialdad de las cuatro paredes, me sentía tan triste que solo quería llorar. Un día, mientras vagaba sumido en mi tristeza y ansiedad, una persona que estaba difundiendo el evangelio del Señor Jesús me dio una tarjeta y me dijo: “El Señor Jesús te ama. Hermano, ven a nuestra iglesia y escucha el evangelio del Señor”. Pensé para mis adentros: “Supongo que no tengo nada que hacer ahora mismo, así que no hace mal a nadie si entro a escuchar esto. Podría hacerlo, ¿por qué no?”. Entonces, entré en la iglesia. Escuché al pastor leer en voz alta algo que el Señor Jesús había dicho: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en Él, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16). Cuando escuché aquello, me sentí profundamente conmovido por el amor del Señor. No puedo explicar claramente lo que sentí, pero me parecía que el amor del Señor era real, y que superaba a cualquier otro que se pudiera hallar en el mundo. Mi corazón, lleno de dolor, se sintió muy consolado. A consecuencia de ello, decidí poner toda mi confianza en el Señor Jesús. Después, empecé a participar con entusiasmo en las reuniones de cada domingo y, debido a mi apasionada búsqueda, me convertí rápidamente en colaborador de la obra de la iglesia.
Tras servir en la iglesia durante dos años, cada vez percibía menos la presencia del Señor. No me sentía esclarecido cuando leía la Biblia ni conmovido cuando oraba, y no me parecía que obtuviera nada al asistir a las reuniones. Además, veía que todos en la iglesia vivían una vida en la que pecaban de día para luego confesarse de noche y que todos, ya fueran pastores, ancianos o creyentes comunes, estaban atados por el pecado, participaban en disputas por celos, conspiraban entre sí para formar facciones, luchaban por fama y ganancias y codiciaban cosas mundanas. Cada vez se cometían más actos ilícitos de todo tipo. También noté que la gente, la sociedad en general, se volvía más depravada, malvada y egoísta cada día que pasaba, y que estaban ocurriendo desastres en todo el mundo: constantemente se desencadenaban terremotos, hambrunas y epidemias. Señales de todo tipo que dejaban claro que los últimos días habían llegado y el Señor Jesús volvería pronto. Los pastores y los ancianos a menudo nos predicaban acerca de estos versículos bíblicos: “Entonces si alguno os dice: ‘Mirad, aquí está el Cristo’, o ‘Allí está’, no le creáis. Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y mostrarán grandes señales y prodigios, para así engañar, de ser posible, aun a los escogidos” (Mateo 24:23-24). En sus sermones, afirmaban con imprudencia que aparecerían falsos Cristos en los últimos días, y nos dijeron que en ningún caso debíamos escuchar las predicaciones de gente desconocida. Incluso decían que, quitando los de nuestra iglesia, los creyentes de otras denominaciones estaban equivocados, y que debíamos cuidarnos y ser prudentes respecto a otras personas para no dejarnos engañar y terminar siguiendo el camino equivocado. Como a menudo oía a los pastores predicar de esta manera, me dije: “No debo desviarme del camino en este momento crucial de la inminente llegada del Señor, y debo asegurarme de mantener mi fe en Él”.